La mayoría de películas de terror son para niños

Recuerdo que de pequeño mis padres no querían dejarme ver El sexto sentido. Yo tendría unos ocho o nueve años, y estaban convencidos de que me iba a traumatizar. Lógicamente, en consecuencia, desarrollé un interés extremo por la película, e incluso llegué a montar en mi cabeza lo que aquello debía de ser en base a un par de segundos que pude ver en casa de mis tíos antes de que apagaran la tele a toda prisa. Esta suerte de obsesión se difuminó con el tiempo, y muchos años más tarde por fin la pude ver. Es una buena película. Bastante buena. Pero creo que, a día de hoy, a duras penas considero que se encuentre dentro del género del terror. Yo la definiría como un thriller sobrenatural.
A lo que voy. Cuando somos pequeños y todavía tenemos miedo a ir al baño por la noche, cualquier película de terror nos acojona. Incluso muchas veces lo hacen películas que no son de miedo, por lo que sea, porque la mente de un niño es impresionable y no ha recibido suficientes estímulos como para estar desensibilizada a lo grotesco, extraño o cruento. Es en esa etapa vital en la que nos creemos que un ratón se lleva nuestros dientes de leche por la noche, o que si sacamos los pies de la sábana, un demonio maligno se los comerá desde debajo de la cama. Nos da miedo la oscuridad y creemos en fantasmas y elementos paranormales de una manera casi primaria.
La mayoría de las películas de terror son para niños. Hablo de películas como las de la saga Expediente Warren, Hereditary, Sinister, Insidious, Ouija: El origen del mal. Películas en las que el mecanismo del miedo apela a esas ansiedades infantiles o incluso primitivas, con amenazas invisibles que acechan en la oscuridad, objetos poseídos, simbología religiosa pasada de rosca y muchos otros elementos comunes.
No pongo en duda que entre las películas que he nombrado haya grandes títulos, pero después de tantos años viendo caras feas en primer plano gritando, personajes estúpidos que bajan al sótano o espíritus comunicándose a través de objetos inanimados, no puedo sino tener la sensación de que ya estoy en la treintena y que ya he superado los terrores de la niñez. Si bien de niño me fascinaba la idea de ver espíritus como en El sexto sentido, hoy la idea me parece absurda y manida. Yo he crecido, pero el cine de terror, en términos generales, se ha estancado. De niño me decían que una película era solo para adultos por ser terrorífica y eso lo hacía más atractiva, pero ahora considero que hay que tener un pensamiento infantil para disfrutar plenamente del cine cliché de terror. Es un tipo de cine que solo puede sobrevivir bajo dos supuestos: un espectador con una inocencia pueril o un espectador que haya visto poco cine.
Esta infantilización del espectador, sin embargo, no responde únicamente a un estancamiento del género, sino a una vagancia creativa en Hollywood que solo busca exprimir hasta el último céntimo de los guiones, que entiende que el único terror que da dinero es el sobrenatural genérico. En 1960 Psicosis demostró que para inquietar al espectador no hace falta ni un mísero elemento sobrenatural. Hitchcock no necesitó apelar a miedos inocentes como el pasillo oscuro o el jarrón que sale volando por cuenta propia, sino que se basa en un horror realista, plausible, nacido de la mente humana.
Por supuesto, no estoy diciendo que los elementos sobrenaturales devalúen automáticamente un metraje. Disfruto mucho de clásicos como El Resplandor o La semilla del diablo, y recientemente he gozado Weapons y Obsession. Pero creo que las películas de terror sobrenatural moderno, por lo general, han confundido el género con una plantilla de montaje; un puzle compuesto de tropos y clichés que el director simplemente se limita a reordenar de diferentes maneras. Recientemente tuve el disgusto de ver undertone, y llegué a la conclusión definitiva de que este tipo de cine para mí está muerto y enterrado.
Entiéndase el chascarrillo del título: evidentemente, las películas de terror no se crean con los niños en mente, pero sí que están diseñadas para asustar a un tipo de público con miedos infantiloides, que simplemente quiere asustarse sabiendo qué susto es el que viene exactamente, sin demasiadas sorpresas, y poco más. Saben que cuando el personaje camina despacio por el pasillo, en silencio, al final lo que les espera es un jumpscare. Y eso les asusta porque se quieren asustar. Y realmente es legítimo que cada uno disfrute del cine como le plazca, pero en mi caso me siento hastiado de ver siempre lo mismo una y otra vez y, aunque disfruto de lo mainstream como el que más (no me las quiero dar de gafapastas), creo que podemos exigir un poquito más al medio.